Cien veces son pocas

29 – 10 – 2018

Cada vez que mi cuerpo rehúsa los abrazos de Morfeo y mi cabeza siente que el insomnio vence en su batalla a las hadas de los sueños…

«Leyendas de pasión» traducido en nuestro país pero que en realidad fue bautizada en la lengua de Shakespeare como «Legends of the Fall», significando literalmente «Leyendas de otoño», es una película de 1994 basada en la novela que en 1979 escribió Jim Harrison.

Esta joya de mi filmoteca particular fue dirigida por Edward Zwick y protagonizada por un joven y pujante Brad Pitt, el legendario ya por entonces Anthony Hopkins, un serio Aidan Quinn, una Julia Ormond a la que llego a detestar por su magnífica interpretación y el adulto Elliot de «E.T.» Henry Thomas.

La película narra el tramo que comprende entre la Primera Guerra Mundial y la década de los años 30 en la familia Ludlow de Montana, formada por el veterano coronel Ludlow (Hopkins); sus tres hijos, Alfred (Quinn), Tristan (Pitt) y Samuel (Thomas), y el amor de los hermanos por Susannah (Ormond).

Recuerdo que la primera vez que la vi, otra vez aquel sofá marrón de horas televisivas en mi primer salón en este barrio, fue por petición de aquella mujer que tanto me enseño en la adolescencia tardía que atravesaba mientras apurábamos los últimos rescoldos de una relación que moría bajo su asfixiante, controlador y agobiante influjo.

Mi muerto y ahogado cariño hacia ella creó en su mente una imagen paralela de mi representada por un Tristan salvaje que decide vivir su vida sin rendir cuentas a nadie regido por su propio código… Debía de estar loca si creyó ver en mi algún pequeño rasgo del mediano de los hijos del Coronel Ludlow.

Reconoceré que solo una frase que Alfred le escupe con una mezcla de envidia y admiración a Tristan hizo tambalear mi cordura por un pequeño instante de existencia sintiendo familiar su significado:

”He cumplido todas las reglas; las humanas, las divinas y tú no has cumplido ninguna. Y todos te han querido más a ti: Samuel, papá, incluso mi mujer”.

Película con alma, que desborda pasión y derrocha majestuosidad que habré disfrutado más de cien veces ayudando a calmar los demonios de mi cabeza y meciéndome para dormir mi alma y descansar en noches en las que nada parece funcionar…

Y cuando Thomas se sienta al piano y empieza a tocar mi alma se va calmando y voy dejándome enterrar cubierto por un sueño placentero mecido por sus notas… No sé si Susannah tenía razón cuando dijo ”Siempre, resultó ser demasiado tiempo»

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